Puedes
estar inspirado y decirme que te gusta mi ombligo esta noche, o tal vez puedes ignorarme como
si no me conocieras, pero tu lengua vigila mi mirada, y tu mirada mi
espalda cuando te la doy.
Sonara nuestra canción y nos haremos los locos,
tampoco empañaremos los cristales, aunque nos muramos de ganas. Pero puede que después de toda
esa tarde de absentismo, de no mirarnos a
la cara, veas que a la luz de la luna me tiemblan las manos por el invierno
y me
abraces como si nada. Eso no valdrá nada. Pero puede que me des la mano y la
aprietes como si no la quisieras soltar jamás, como si
fuera parte de tu cuerpo.
Y yo ya no temblaré sólo por el frío.
Puede que de repente aparezcamos tumbados en el sofá de mi casa con sabor sex on
the beach en nuestras bocas.
La música ya no sonará, pero de repente estaremos en mi cama. Y puede que te tire del pelo mientras sudamos en la
oscuridad, con un hilo de luminosidad por las farolas de la calle que
entran por mi balcón. Luego
te tiraré de la cama, y tú te enfadarás, pero sabes que no pararemos
hasta la madrugada. Y
también puede que durmamos abrazados hasta soñar despiertos. Pero lo más seguro, y eso si que
puede, es que a la mañana siguiente abrirás la puerta y yo esperare hasta las
doce para ver tu “buenas noches, princesa”
vibrando en mi cama, nuestra
cama.

No hay comentarios:
Publicar un comentario