Todo parecía normal, como siempre.
En un momento el pasillo de mi cuarto iluminaba la habitación con un corazón de
fuego y un mensaje claro, yo te querré todos los días, no para siempre.
Tú no crees en los para siempre, ni en los para nunca.
Mi lengua sensual
por tu oreja, un gemido y te persigo. Durante horas. Hasta llegar al último suspiro. Nuestras fotos inaugurando la
habitación besos y sonrisas. Y sin
pensarlo, la guerra comienza, pero no hay batalla que
podamos perder.
Ni la sangre que sale por mi boca podrá impedir que pares. Que me detenga. Me empujas, me
tiras, me estiro.
El humo vuelve a ambientar mi habitación, un humo de otra boca, que
también me provoca,
pero no coloca. Chocolate.
Menta en mi escote. Sudor en tu espalda. Date por perdido,
porque ahora sí, para
siempre eres mío.

Yo, aunque me empeñe, tampoco creo en los 'parasiempre'...
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